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México 68: un Maratón que hizo historia

Oct 13, 2015 Mariana Fonteboa

Cuando el Comité Olímpico Internacional le entregó al realización de los juegos Olímpicos de 1968 a la Ciudad de México,  no tenía idea de lo que la Medicina del Deporte a nivel mundial, a través de la fisiología del ejercicio, iba a lograr desarrollar.

Una vez entregada la sede, todos los países a través de sus departamentos de Medicina del Deporte, comenzaron a cuestionarse sobre los efectos que tendría en los deportistas competir a 2,600 metros de altura.

Esta nueva situación competitiva desató una gran cantidad de investigaciones sobre lo “nocivo” que supuestamente produciría la competencia en la altura sobre la salud y la vida de los deportistas de élite, en especial de los de medio fondo y fondo. Correr 42 kilómetros a esa altura, ¿cómo afectaría a los deportistas y los resultados deportivos?

Lo increíble es que descubrieron que lejos de afectar, la altura, sobre todo para los entrenamientos, los beneficiaría en su desempeño deportivo. A mayor altura, menor es la cantidad de oxigeno en el aire y por ello el cuerpo produce una mayor cantidad de glóbulos rojos para llevar para llevar oxigeno a todas las células. Por ello a nivel del mar, los deportistas que entrenan en altura, llevan “una ventaja extra”.

Pero además de aquello, el Maratón Olímpico de la Ciudad de México, el cual cumplió 47 años, es histórico por otros hechos:

El maratón de los Juegos Olímpicos de México, de 1968, se corrió el 20 de octubre de ese año con la participación de 75 corredores de 41 países, quienes tomaron la salida en el lado norte de la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México, el Zócalo, frente a la Catedral Metropolitana de la Ciudad.

El maratón arrancó cuando las campanas de Catedral repicaron para anunciar que eran las tres de la tarde. Esas históricas campanas han señalado algunos de los momentos más importantes en la vida de México.
En 1821 atestiguaron la entrada del Ejército Trigarante, y en 1822 repicaron en la coronación de Agustín de Iturbide. En 1847 convocaron a la defensa contra la invasión estadounidense y en 2002 doblaron durante la visita del papa Juan Pablo II con motivo de la canonización de Juan Diego. En 1968 sirvieron para marcar el arranque del maratón olímpico de México 68.

La temperatura era de 23 Grados y la Humedad Relativa menor al 40% cuando en los primeros kilómetros de la competencia el fondista etíope Abebe Bikila parecía encaminase al que podría ser un histórico y legendario “triple”.

Bikila se había convertido en el primer africano de la historia en ganar una medalla de oro olímpica, lo que ocurrió en el maratón en los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960 donde corrió descalzo, para repetir su hazaña en los Juegos Olímpicos de Tokio, en 1964.

Pero las cosas no funcionaron del todo bien para Bikila en el maratón olímpico de México 68 y debió abandonar a la altura del kilómetro 17. Negussie Roba, entrenador de la escuadra etíope, declaró al final del evento que Bikila había sufrido una fractura de estrés en el peroné unas semanas antes por lo que no había podido entrenar bien, y había corrido el maratón olímpico soportando un intenso dolor.

Mamo Wolde estaba enterado de todo eso, y al final del maratón declaró que a lo largo de la competencia se enfocó en ser Bikila, no en competir con Bikila.

Pablo Garrido, un corredor mexicano de 30 años, fue el encargado de pronunciar el Juramento Olímpico en la Ceremonia Inaugural de los Juegos de México 68, poco después de que Enriqueta Basilio, una joven velocista bajacaliforniana cubriera el último relevo sobre la pista del Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria llevando la antorcha olímpica, para convertirse en la primera mujer en la historia que encendiera el pebetero olímpico en aquel simbólico 12 de octubre de 1968.

Más de 70 mil espectadores y varios cientos de millones de televidentes, que por primera vez vieron unos Juegos transmitidos en color, fueron testigos de la Inauguración de los primeros Juegos Olímpicos celebrados en América Latina.

Mamo Wolde se coronó campeón olímpico en esa edición al registrar un tiempo de 2h 20’26”, ocho minutos más lento que la marca con la que Bikila había ganado en Tokio. La altitud de la Capital Azteca había cobrado su factura.

El mexicano Alfredo Peñaloza cruzó la meta en lugar número 13 con un tiempo de 2h 29’49” mientras que Pablo Garrido llegó en lugar 26 con 2h 35’48”. Otro mexicano, José García, no terminó el maratón.

El último corredor en cruzar la meta fue John Stephen Akhwari, de Tanzania, quien apareció en la pista del Estadio Olímpico con un vendaje en su pierna derecha trotando los 400 metros finales con gran dificultad. Tan pronto cruzó la meta fue llevado al hospital.

Entrevistado por la prensa al día siguiente, Akhwari comentó que se había tropezado a la altura del kilómetro 19, y se había lastimado una rodilla, además de dislocarse un hombro, lo que le fue diagnosticado en el hospital. La siguiente pregunta fue obligada: ¿Por qué, después de la caída, sufriendo el intenso dolor que sentía, y a sabiendas de que ya no tenía posibilidad de llegar en un buen lugar, había seguido hasta terminar el maratón?

Se hizo una pausa, y el pundonoroso atleta respondió con una frase que quedó grabada para siempre en los libros de la historia olímpica: “Mi país no me envió cinco mil millas para que viniera a empezar el maratón, me envío cinco mil millas para venir a terminarlo”. Akhwari había cruzado la meta en lugar 57 con un tiempo de 3h 25’ 17”, una hora y cinco minutos después que Wolde.

Un ejemplo de determinación hacia el éxito personal. Terminar lo que hemos dispuesto iniciar.

Con información de Rubén Romero
Periodista especializado en atletismo